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14 marzo 2012

Amor de antes, amor de despues


Cuento "Amor de antes, amor de después"
Autor: Javier Reséndiz


Image Wedding by Daryl Banks

Camila... la muchacha bonita, la hija de papi, la hija de mami, la joven piadosa, la mujer que no sabía amar, la niña que nunca se había deleitado con un beso francés, aprendió con el tiempo que la vida es muy corta y que hay que aprovecharla en algo más que rezos y liturgias.

Se vistió coqueta, se peinó de moño y hasta el altar llegó acompañada del amor ideal, como manda el evangelio. También, con el tiempo, aprendió que es más fácil querer al amor en la añoranza, que aguantarlo.

¡Ay, Dios mío! ¡Ay, de mí! ¿Por qué me concediste un animal y no un querubín?

Llegaron los hijos, vinieron los nenes, y la grácil cintura, la etérea figura, se vio sepultada bajo un ancho vientre de gruesos adobes y escondida tras un largo mandil.

Crecieron los chicos, se hicieron muy hombres. Trajeron sus propios vástagos y, con el infierno que estos desataron entre sus muebles, entre sus trastos y entre sus jarrones, Camila aprendió que la vida es muy corta y que hay que aprovecharla en algo más, y no sólo en librar batallas con infaustos demonios; aunque éstos fueran muy monos, aunque éstos no fueran malos, sólo socarrones.

¡Ay, Dios mío! ¡Ay, de mí! No me mires con esos ojos, diosito santo, que no soy mala, que sólo quiero ser feliz.

Compró pomadas, se pusó la faja, se quitó los chongos y quemó el mandil. Se metió al gimnasio, se tiñó el pelo, se pintó la boca, se rizó las pestañas y se polveó la cara con los colores de invierno; pues son los mejores para romper corazones…

…aunque estos sean muy viejos, aunque estos sean muy tiernos.

Se vistió de tacón alto, mallas ajustadas y bolso de mano para ir a la escuela. Medio aprendió el inglés, aunque pronunciaba un poquito mejor el francés. No con palabras, no con rituales de... «¡Hola, qué tal! ¿Cómo está usted?».
Sino con besos, sino con suspiros, de esos que hacen alarde de que no hay mejor noche que la de anoche: «y no saques la lengua, y vuélvele a dar, porque me encanta cómo haces esos giros.»

¡Olalá, Monsieur mon ami! ¡Que esto es vida! Y cuando muera, que las ofrendas me las traigan aquí.

Camila, Camilita... la Doña, la gran señora, aprendió con el tiempo que no son los claustros, que no son los pañales y que no es el marido de feroces rugidos, los ingredientes idóneos para acelerar el corazón y para catapultar la emociones.

Pero sí lo era, simplemente, ese bello torito: …ese nenúfar de rizos tupidos!

No lo atrapó de blanco, no lo cautivó con el mandil, no lo sedujo con nenes y ni tan siquiera con amor. Lo hizo suyo con mucha experiencia, algo de maña y bastante sex appeal.

Ilustración: Daryl Banks
Si quieres conocer más de Daryl Banks

18 enero 2011

La Botija


Cuento "LA BOTIJA"
Autor: Salvador Salazar Arrué
(Escritor Salvadoreño, 1899—1975)

Fotografía de Salvador Salazar Arrué

Relato incluido en el libro “Cuentos de Barro
del mismo autor.





José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera. Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:

—¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!
José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata:
—¿Qué quiere, mama?
—¡Ques nicesario que tioficiés en algo, ya tás indio entero!
—¡Agüén!...
Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, bostezando.
Un día entró Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.
—¡Qué feyo este baboso! —llegó diciendo. Se carcajeaba—; ¡Meramente el tuerto Cande!...
Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena. Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
—Estas cositas son obra denantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se encuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.
José Pashaca se dignó a arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente:
—¿Cómo es eso, ño Bashuto?
Bashuto se prendió el puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales “el bía presenciado con estos ojos”. Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.

Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de una arado y empujó. Tras las rejas iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar –por lo menos sin darse cuenta— y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.

Fotografía de un hombre arando

Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; por que eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen “¡plocosh!” cuando la reja las topa, y vomitan plata y oro, como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan el cielo.

Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición, más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragaban las estrellas hasta la hora en que el guas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.

Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros racaba con el ojo presto a dar aviso al corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, por que el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.

Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. “Es el hombre de jierro –decían—; ende que le entró asaber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca...”.

Pero José Pashaca no se daba cuenta que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.

Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y profundos, que daban gusto:

—¡Onde te metés, babosada! —pensaba el indio sin darse por vencido—: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.

Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada:

Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, “voltiando a ver al indio embruecado, y resollando el viento oscuro”.

José Pashaca se puso malo. No quiso que nadie lo cuidara. “Dende que bía finado la Petrona, vivía íngrimo en su rancho”. Una noche, haciendo juerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando otiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma.

Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó ir liadas en un suspiro estas palabras:

—¡Vaya; pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!...

14 enero 2011

En santas pascuas


Cuento "En santas pascuas"
Autor: Javier Reséndiz

Imagen de una casa destruida por el rio

La vida por acá era bastante tranquila... sí, patroncito. Ai como asté la ve, con tanto desfiguro y argüende, en esta población los únicos sombrerazos que se daban eran para espantar a las canijas moscas.

Pero aluego las cosas se pusieron bien feias... y entre tanto ir y venir, ya náiden pudo tener desahogo ni en sus mesmos sueños.

Sucede que el río se jartó de tanta cochina piedra que traiba atravezada en la panza, y un día de tantos se dejó venir en crecida. Echó espumarajos y arremolinadas, y sus retumbos no se aplacaron hasta que vomitó cuantipiedrita le estaba provocando malestar. ¿Quién iba a imaginarse que a causa de la granizada de piedras y piedrotas quedarían toitas las casas hechas pinole?

Ansina es patroncito, asté rebien que ha de saber que son cosas que suceden y que naiden se las espera, que éstas suelen traer consigo la tragedia y el llanto pa' quien menos se lo merece.

Ora mírelo asté, bien tranquilito y cantaor que se divisa. Mansito, mansito... como si de él no pudiera esperarse otra cosa más que cariños. Ora échele un vistazo a la gente; mírela cómo está toita revuelta, porque por dentro el río aún les sigue dando su revolcada. Andan como zombies a la hora de dar los pasos; pero eso sí, bien vivos y espabiladitos pa' echar brava por un catre, un plato o una silla que sacan de entre los despojos, porque entre tanta confusión y revoltura andan toitos perdidos, y naiden atina a saber cuál es su propia casa.

—¿Usted también perdió su vivienda, sus pertenencias?

—No patroncito, ¿cómo va asté a creer eso? Si así juera, por Diosito Santo que no anduviera ansina, de al tiro tan tranquilo. No... si el pleito no era conmigo ni contra mí. Lo que pasa es que yo hice una tratada con el río. Verá asté; me comprometí a que no andaría de amores con él y que entre nosotros no habría ningún tipo de piedritas, ni de las grandes ni de las chicas. Y él, por su parte, a que no descargaría sobre mí su amargura ni sus desilusiones por causa ajena. Y de ahí pa'l real, ¿viera asté qué bien nos hemos llevado?




Glosario:
Pinole: Dulce de cacahuate, en polvo, de origen mexicano. Por derivación, frases tales como "Como pinole", "Hecho pinole", se interpretan como "Destruido", "Hecho polvo", en el lenguaje coloquial de México.

01 noviembre 2010

Petatiux Guampire


Cuento "Petatiux Güampire"
Autor: Javier Reséndiz

Las piernas se le aflojaron al sentir la explosión y las consecuentes palpitaciones que irradiaban desde su parte íntima...


Imagen de una chica vampiro

Dicen que la suerte se la fabrica uno mismo. De ser así, el Cardenal creyó haberse fabricado una, y muy buena, al ir en pos de la criatura, después de comprobar que no era sólo un mito. Sabía que iba a enfrentarse con monstruo pero, monstruo o no, ese ser contaba con la facultad de liberarlo y de aplacar sus cómos, sus porqués y sus paraqués.

Hacía años que había descubierto que el férreo celibato, los ayunos, la oración y la penitencia, eran rieles del mismo camino en círculo que no lo llevaban a ninguna parte. Que hacer eso y leer ajados libros —infinitesimales partículas de una visión reducida— resultaba equiparable a dos medias mentiras que se retroalimentan entre ellas hasta inflarse y eregirse en una verdad absoluta, tan hueca y tan frágil como una pompa de jabón.

Por lo tanto, en su mente sólo quedaba espacio para dos conclusiones. La primera era que la verdad permanecía a cubierto: muy lejos de ser alcanzada. Y la segunda, que la religión y los hombres eran un par de ciegos, guiándose el uno al otro, ateniéndose a reglas y a códigos artificiales por aquello del puede ser o por si acaso, y que, como resultado de ello, se rema sin saber hacia dónde se va: si se avanza en una dirección cualquiera o si se quedaba estancado a pesar del desgaste. Ese era un martirio que ya no estaba dispuesto a soportar más.

Salvó la pequeña distancia que había hasta el batiente de lámina oxidada que hacía las veces de puerta y la abrió con suma precaución. La criatura que había venido siguiendo estaba parada detrás de ella, viéndolo de frente, con su oscura silueta recortada por la mortecina luz de la noche...

—¡Estúpido pedazo de mierda! No tienes ningún derecho de suplicarme, ni de exigirme que te enseñe cualquier maldita cosa. ¿De qué me viste la cara? ¿Acaso de maestro o de gurú? Si tuvieras los suficientes cojones ya habrías encontrado por ti mismo lo que tanto buscas y que desde siempre ha estado frente a tu vista. Pero no, no los tienes... porque a pesar de todo eres una polilla que se güarece en la oscuridad de mohosos libros, en lugar de vivir tu existencia al máximo, sin las restricciones moralinas que te autoimpones y que ciegan tus ojos y tu entendimiento.

Dicho esto, lanzó un escupitajo que se estampó sobre la túnica del Cardenal. Se dio la vuelta y se alejó de él, dejándolo arrodillado en el piso y con la cara entre las manos, convulsionándose por el llanto.

En ningún instante sintió la necesidad de voltear y echarle una última mirada. La empatía o la lástima por ese tipo de seres, era algo que había muerto dentro de sí en el momento mismo en que tomó plena consciencia de su Yo, y desde que, gracias a ese conocimiento, su verdadera naturaleza se desveló a sí misma, materializándose a partir de la vieja cáscara que enclaustraba sus facultades y su potencial de acción. En pocas palabras: hace mucho, muchísimo tiempo.

El Cardenal no era el primero ni el último hombre que llegaba hasta él. Resultaban un fastidio, pero un fastidio ameno a final de cuentas. Dejaba que cualquiera que lo quisiese pudiera encontrarlo con facilidad, e incluso había ocasiones en que él mismo los buscaba para confrontarlos; porque le divertía ver sus caras de desolación cuando se burlaba de ellos y de sus patéticos sueños de grandeza.

—¿Qué sería de mí sin estos momentos de diversión? Bien, por el momento ya es suficiente; pues hay otras citas por cumplir. ¿A cuál de ellas asistiré esta vez? —se preguntó, sin intentar contener la sonrisa de sarcasmo que afloró en su boca. Se chupó el dedo índice y lo levantó para que la brisa marcara el rumbo a seguir.

Se apeó del taxi que lo transportó hasta el aeropuerto y, como pago por sus servicios, le extendió al chofer una barra de oro puro:

—Toma buen hombre. Cómprate con esto una cerca nueva, para que no se escapen tus borreguitos en las noches de insomnio –exclamó con cara de seriedad. Cuando vio el gesto de asombro del interpelado, no pudo contener más la risa y se adentró a la terminal aérea entre carcajadas: —¡Ja ja ja ja!

Rebasó a todas las personas que estaban formadas en fila para abordar el avión. Cuando llegó a la altura del hombre al que le correspondía el turno, le arrebató los documentos, dejando que su mano siguiera la trayectoria hacia arriba y permitiendo que su cuerpo la secundara, para poder ejecutar una pirueta en el aire. Cuando hubo completado el doble molinete y tocó piso, realizó una genuflexión, sacó el pecho, extendió la mano izquierda hacia lo alto y, como remate a su espontáneo paso de ballet, con la mano derecha le entregó los papeles a la empleada de la aerolínea.

La señorita los revisó con cuidado y comprobó que, el rostro impreso en la fotografía pegada en el pasaporte, era idéntico al de la persona que tenía enfrente. Se los devolvió y le permitió el paso, obsequiándole con disimulo una coqueta sonrisa. Después de recibirlos y de inclinarse en un teatral acto de agradecimiento, le regresó los documentos a su auténtico dueño, quien había presenciado todo con la boca abierta.

En acto seguido, se dirigió hacia la nave para abordarla, dando saltitos y silbando alegremente —como si los pasillos de mármol fueran en realidad los senderos de un florido bosque—, pasando por los siguientes retenes sin mayor problema que en el primero. Cuando el avión estuvo por encima de la alfombra de nubes y él pudo contemplarlas desde su ventanilla, se puso a reflexionar sobre la naturaleza de su creador:

—No cabe duda de que, a pesar de los años, sigue siendo un niño; de lo contrario ya se habría suicidado y los dinosaurios aún seguirían reinando en este planeta —concluyó, completamente de acuerdo consigo mismo.

Después de exhalar lo que pareció un pequeño suspiro de añoranza, le vino a la mente el recuerdo de las ingenuas intenciones del hombre que dejó moqueando en tierra:

—Pobre diablo... le hubiera sido de más provecho dirigirse a los bosquimanos para que lo invitaran a bailar la danza del eland, o haberse exiliado en lo alto de un monte, llevando consigo una buena ración de hongos y mezcalina —bromeó para sí, y soltó una estentórea carcajada que le cortó la respiración a los demás pasajeros.

La aeronave lo depositó justo al medio día de una ciudad donde reinaba el calor. Al momento de salir de la estación, dejó caer la gabardina en el cubo de basura y momentos después sus pasos lo llevaron hasta un parque donde las francas risas de los chiquillos resonaban por doquier. Echó el tronco, la cabeza y las manos extendidas hacia atrás, para saborear el contacto de los rayos del sol, y enseguida tomó una de las veredas menos transitadas: disfrutando del paisaje, de los aromas y de los colores.

En una de las intesecciones del camino, descubrió sentada en una de las bancas al motivo de su visita en ese lugar. Se trataba de una joven de cabello castaño y bien peinado, quien, a través de las gafas de cristal antirreflejante, leía con avidez los apuntes de un experimento genético que llevaba tiempo desarrollando. El se detuvo, ladeó la cabeza y, por un momento, la contempló con la misma actitud de quien ve a una mascota realizar preciosas monerías.

Giró sobre sí mismo y su atuendo cambió al instante, para estar más acorde con el clima y la situación. Los rasgos de su rostro y de su cuerpo también se transformaron: los hombros se hicieron más anchos y la cadera más estrecha. La ensortijada cabellera se claró y se alisó, cayéndole por debajo de los hombros. Las pestañas se alargaron y los ojos tomaron un suave color azul, mientras que los labios adquirieron un tono más intenso.

Cuando los cambios cesaron, no necesitó de espejos para saber que su nuevo aspecto era el ideal para esa cita. Alzó la mano derecha hasta la altura del pecho y con ella braceó el aire. De inmediato, y de la nada, se formó un pequeño remolino que lanzó por todas partes las hojas de texto que la joven tenía sobre las piernas:

—¿Eh? —exclamó sorprendida por la ráfaga de aire que la golpeó. Hizo a un lado el cabello que quedó alborotado sobre su cara y vio con frustración los apuntes desperdigados por todo el piso. Cuando se inclinó para recuperarlos, su cabeza chocó con la de otra persona que hasta ese momento no estaba dentro de su campo de visión. A causa del golpe cayó de bruces al suelo.

—¿Te encuentras bien? —escuchó decir desde lo alto. Levantó la vista para ver quién le hablaba y se quedó impactada con lo que vio. Se trataba de un joven apuesto y bien vestido, pero no sólo eso. Por imposible que pareciera, su aspecto era idéntico al del muchacho que había creado en la imaginación y con el que fantaseaba por las noches.

—Creo que sobreviviré –aventuró avergonzada y entre sonrojos, sin atinar a decidir si sobarse la cabeza o su adolorido trasero, o si levantarse sin mayores preámbulos.

El extendió ambas manos hacia ella y se las ofreció junto con una sonrisa conciliadora:

—Permíteme ayudarte.

Ella accedió y, cuando sus manos tocaron las suyas, un vértigo la recorrió varias veces por todo el cuerpo, iniciándose en la espina dorsal para terminar retumbando en el vientre. Las piernas se le aflojaron al sentir la explosión y las consecuentes palpitaciones que irradiaban desde su parte íntima.

—¿Qué...! —exclamó, azorada por la repentina e inesperada experiencia.

Los brazos de él la sostuvieron para impedir su caída, y el rostro de ambos quedaron a pocos centímetros uno del otro.

—Gracias. No sé qué me sucedió.

—Pierde cuidado —respondió él, siguiendo el juego de las blancas mentiras—, son cosas que pasan. Quizá estabas tan concentrada en tu estudio que pasaste por alto que también debes comer de vez en cuando. Si es así, es lógico que tu cuerpo se haya debilitado y que te pida a gritos que lo alimentes —argumentó con amabilidad, para darle una vía de escape.

—Sí, puede que tengas razón... —asintió ella aliviada y preguntó: —¿Tú eres...?

—Caín... —adelantó él— puedes llamarme Caín.

15 julio 2009

Milagros inesperados


Cuento "Milagros inesperados"
Autor: Javier Reséndiz



Fotografia de Necrodrama

De las Almas...
Hay quienes nacen con una muy antigua -demasiado vieja- y aun cuando los recipientes sean jóvenes, sus rostros reflejan los estragos de los muchos siglos de su alma. Conocen la vida antes de vivir, nacen descreídos, no creen en los milagros; el único que conciben es el de recibir el merecido descanso y la paz eterna.
También hay quienes reciben un alma joven, recién elaborada al momento de nacer y su energía es infinita y cegadora.
Su rostro es lozano incluso a edad avanzada y casualmente tampoco creen en los milagros; pero es porque para ellos todo es nuevo y porque sus almas, al no sufrir de reúmas cronológicas, todavía no saben que existen los imposibles.
De ahí su poder…


Ocurrió en cierta ocasión, de camino a mi morada. Era de noche. En la vereda me encontré con una persona ya adulta, pero cuyos ojos y curiosidad eran los de un niño recién echado al mundo.

—¿Qué son todos esos puntitos que brillan allá arriba? —preguntó sin más ni más al verme, señalándome las estrellas con su dedo.

Creí que iba de guasa y le contesté en el mismo tono:

—Son luciérnagas. Se ven tantas porque gustan de salir de noche para volar en grupo.

—¿Y pican? Espero que no sean como las víboras, que se enfadan cuando se quiere jugar con ellas.

—En realidad son bastante pacíficas y les encanta jugar, pero la mayoría de las personas se conforman sólo con verlas y en soñar con que algún día se animarán a tocarlas.

—¿Puedo? —aventuró entusiasmado, mirándome como si precisara de mi permiso para proceder.

Sin embargo, antes de que pudiera contestarle nada, alargó ambas manos y entre las palmas ahuecadas atrapó un pequeño conjunto de ellas. Se veían igual de diminutas que en lo alto y comenzaron a revolotear entre el espacio de sus palmas. Las miró con embeleso y de tanto en tanto doblaba uno de sus dedos para acariciar a una o a otra. Las estrellas no presentaban intenciones de escapar y, por el contrario, parecían estar muy a gusto en el reducido espacio que las enclaustraba. Para demostrarlo, de ellas emanaba un suave murmullo que sonaba a cántico melodioso.

—Sus amigas las echarán de menos, será mejor que las dejes ir —aconsejé entrecortado, a causa del asombro.

El me miró un momento y después asintió con la cabeza, para darme a entender que comprendía que todos necesitan de estar con los suyos para sentirse bien, incluso las estrellas. Abrió las palmas e hizo el gesto de empujarlas con delicadeza. Ellas jugaron entre sí un rato más sobre los árboles y, finalmente, volaron hacia lo alto para retomar su lugar.

—Tengo hambre —me confesó con cara compungida luego de un instante y un gruñido proveniente del estómago corroboró sus palabras.

Miré hacia el cielo nocturno y mis ojos se posaron en la Luna. Me imaginé señalándosela y diciéndole “Está hecha de queso y de la leche más pura que te puedas imaginar” pero, al reflexionar sobre lo que hizo con las estrellas, sólo atiné a decir:

—¿Te apetece un poco de pan?


Ilustración: Foto de mi buen amigo Necrodrama, un alma joven
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