21 enero 2011

Mia


Poesía súbita "Mía"
Autor: Javier Reséndiz

Image Amanti by Bruno Bruni


Saberte frágil es mi pretexto 
Saberte fuerte es tu alivio 
Saberte sola es mi apremio 
Saberte bella es tu anzuelo. 
/ Y saberte mía... 
¡Dios! Lo que daría por saber  
que eres mía.


Ilustración: Amanti by Bruno Bruni
Si quieres conocer más obras de Bruno Bruni

18 enero 2011

La Botija


Cuento "LA BOTIJA"
Autor: Salvador Salazar Arrué
(Escritor Salvadoreño, 1899—1975)

Fotografía de Salvador Salazar Arrué

Relato incluido en el libro “Cuentos de Barro
del mismo autor.





José Pashaca era un cuerpo tirado en un cuero; el cuero era un cuero tirado en un rancho; el rancho era un rancho tirado en una ladera. Petrona Pulunto era la nana de aquella boca:

—¡Hijo: abrí los ojos; ya hasta la color de que los tenés se me olvidó!
José Pashaca pujaba, y a lo mucho encogía la pata:
—¿Qué quiere, mama?
—¡Ques nicesario que tioficiés en algo, ya tás indio entero!
—¡Agüén!...
Algo se regeneró el holgazán: de dormir pasó a estar triste, bostezando.
Un día entró Ulogio Isho con un cuenterete. Era un como sapo de piedra, que se había hallado arando. Tenía el sapo un collar de pelotitas y tres hoyos: uno en la boca y dos en los ojos.
—¡Qué feyo este baboso! —llegó diciendo. Se carcajeaba—; ¡Meramente el tuerto Cande!...
Y lo dejó, para que jugaran los cipotes de la María Elena. Pero a los dos días llegó el anciano Bashuto, y en viendo el sapo dijo:
—Estas cositas son obra denantes, de los agüelos de nosotros. En las aradas se encuentran catizumbadas. También se hallan botijas llenas dioro.
José Pashaca se dignó a arrugar el pellejo que tenía entre los ojos, allí donde los demás llevan la frente:
—¿Cómo es eso, ño Bashuto?
Bashuto se prendió el puro con toda la fuerza de sus arrugas, y se fue en humo. Enseguiditas contó mil hallazgos de botijas, todos los cuales “el bía presenciado con estos ojos”. Cuando se fue, se fue sin darse cuenta de que, de lo dicho, dejaba las cáscaras.

Como en esos días se murió la Petrona Pulunto, José levantó la boca y la llevó caminando por la vecindad, sin resultados nutritivos. Comió majonchos robados, y se decidió a buscar botijas. Para ello, se puso a la cola de una arado y empujó. Tras las rejas iban arando sus ojos. Y así fue como José Pashaca llegó a ser el indio más holgazán y a la vez el más laborioso de todos los del lugar. Trabajaba sin trabajar –por lo menos sin darse cuenta— y trabajaba tanto, que las horas coloradas le hallaban siempre sudoroso, con la mano en la mancera y los ojos en el surco.

Fotografía de un hombre arando

Piojo de las lomas, caspeaba ávido la tierra negra, siempre mirando al suelo con tanta atención, que parecía como si entre los borbollos de tierra hubiera dejando sembrada el alma. Pa que nacieran perezas; por que eso sí, Pashaca se sabía el indio más sin oficio del valle. Él no trabajaba. Él buscaba las botijas llenas de bambas doradas, que hacen “¡plocosh!” cuando la reja las topa, y vomitan plata y oro, como el agua del charco cuando el sol comienza a ispiar detrás de lo del ductor Martínez, que son los llanos que topan el cielo.

Tan grande como él se hacía, así se hacía de grande su obsesión. La ambición, más que el hambre, le había parado del cuero y lo había empujado a las laderas de los cerros; donde aró, aró, desde la gritería de los gallos que se tragaban las estrellas hasta la hora en que el guas ronco y lúgubre, parado en los ganchos de la ceiba, puya el silencio con sus gritos destemplados.

Pashaca se peleaba las lomas. El patrón, que se asombraba del milagro que hiciera de José el más laborioso colono, dábale con gusto y sin medida luengas tierras, que el indio soñador de tesoros racaba con el ojo presto a dar aviso al corazón, para que éste cayera sobre la botija como un trapo de amor y ocultamiento. Y Pashaca sembraba, por fuerza, por que el patrón exigía los censos. Por fuerza también tenía Pashaca que cosechar, y por fuerza que cobrar el grano abundante de su cosecha, cuyo producto iba guardando despreocupadamente en un hoyo del rancho, por siacaso.

Ninguno de los colonos se sentía con hígado suficiente para llevar a cabo una labor como la de José. “Es el hombre de jierro –decían—; ende que le entró asaber qué, se propuso hacer pisto. Ya tendrá una buena huaca...”.

Pero José Pashaca no se daba cuenta que, en realidad, tenía huaca. Lo que él buscaba sin desmayo era una botija y siendo como se decía que las enterraban en las aradas, allí por fuerza la incontraría tarde o temprano.

Se había hecho no sólo trabajador, al ver de los vecinos, sino hasta generoso. En cuanto tenía un día de no poder arar, por no tener tierra cedida, les ayudaba a los otros, les mandaba descansar y se quedaba arando por ellos. Y lo hacía bien: los surcos de su reja iban siempre pegaditos, chachados y profundos, que daban gusto:

—¡Onde te metés, babosada! —pensaba el indio sin darse por vencido—: Y tei de topar, aunque no querrás, así mihaya de tronchar en los surcos.

Y así fue; no lo del encuentro, sino lo de la tronchada:

Un día, a la hora en que se verdeya el cielo y en que los ríos se hacen rayas blancas en los llanos, José Pashaca se dio cuenta que ya no había botijas. Se lo avisó un desmayo con calentura; se dobló en la mancera; los bueyes se fueron parando, como si la reja se hubiera enredado en el raizal de la sombra. Los hallaron negros, contra el cielo claro, “voltiando a ver al indio embruecado, y resollando el viento oscuro”.

José Pashaca se puso malo. No quiso que nadie lo cuidara. “Dende que bía finado la Petrona, vivía íngrimo en su rancho”. Una noche, haciendo juerzas de tripas, salió sigiloso llevando, en un cántaro viejo, su huaca. Se agachaba detrás de los matochos cuando otiba ruidos, y así se estuvo haciendo un hoyo con la cuma.

Se quejaba a ratos, rendido, pero luego seguía con brío su tarea. Metió en el hoyo el cántaro, lo tapó bien tapado, borró todo rastro de tierra removida; y alzando sus brazos de bejuco hacia las estrellas, dejó ir liadas en un suspiro estas palabras:

—¡Vaya; pa que no se diga que ya nuai botijas en las aradas!...

14 enero 2011

En santas pascuas


Cuento "En santas pascuas"
Autor: Javier Reséndiz

Imagen de una casa destruida por el rio

La vida por acá era bastante tranquila... sí, patroncito. Ai como asté la ve, con tanto desfiguro y argüende, en esta población los únicos sombrerazos que se daban eran para espantar a las canijas moscas.

Pero aluego las cosas se pusieron bien feias... y entre tanto ir y venir, ya náiden pudo tener desahogo ni en sus mesmos sueños.

Sucede que el río se jartó de tanta cochina piedra que traiba atravezada en la panza, y un día de tantos se dejó venir en crecida. Echó espumarajos y arremolinadas, y sus retumbos no se aplacaron hasta que vomitó cuantipiedrita le estaba provocando malestar. ¿Quién iba a imaginarse que a causa de la granizada de piedras y piedrotas quedarían toitas las casas hechas pinole?

Ansina es patroncito, asté rebien que ha de saber que son cosas que suceden y que naiden se las espera, que éstas suelen traer consigo la tragedia y el llanto pa' quien menos se lo merece.

Ora mírelo asté, bien tranquilito y cantaor que se divisa. Mansito, mansito... como si de él no pudiera esperarse otra cosa más que cariños. Ora échele un vistazo a la gente; mírela cómo está toita revuelta, porque por dentro el río aún les sigue dando su revolcada. Andan como zombies a la hora de dar los pasos; pero eso sí, bien vivos y espabiladitos pa' echar brava por un catre, un plato o una silla que sacan de entre los despojos, porque entre tanta confusión y revoltura andan toitos perdidos, y naiden atina a saber cuál es su propia casa.

—¿Usted también perdió su vivienda, sus pertenencias?

—No patroncito, ¿cómo va asté a creer eso? Si así juera, por Diosito Santo que no anduviera ansina, de al tiro tan tranquilo. No... si el pleito no era conmigo ni contra mí. Lo que pasa es que yo hice una tratada con el río. Verá asté; me comprometí a que no andaría de amores con él y que entre nosotros no habría ningún tipo de piedritas, ni de las grandes ni de las chicas. Y él, por su parte, a que no descargaría sobre mí su amargura ni sus desilusiones por causa ajena. Y de ahí pa'l real, ¿viera asté qué bien nos hemos llevado?




Glosario:
Pinole: Dulce de cacahuate, en polvo, de origen mexicano. Por derivación, frases tales como "Como pinole", "Hecho pinole", se interpretan como "Destruido", "Hecho polvo", en el lenguaje coloquial de México.

12 enero 2011

Bliblioteca Digital


Invitación "Biblioteca Digital"
Autor: Javier Reséndiz

Imagen de una Biblioteca Digital

Imagen de Jaime Sabines


Pocos lo saben, quizá porque pocas veces lo digo, pero en mi panteón de autores (semi-dioses) favoritos, mantengo en un destacado altar a Jaime Sabines: Estrella Polar donde las haya. Para quien ya lo sabía y para quien recién se entera, esta entrada es para comentar y compartir lo siguiente:

Resulta que quise releer el poemario de Jaime Sabines, en parte por el gusto de adentrarme en sus aguas —entre ácidas y salobres— y en parte para transcribir sus poemas que más me gustan para compartirlos próximamente en la sección de "Autores Invitados". Pero ocurrió que, por una razón desconocida, el mencionado poemario había desaparecido de mi biblioteca. Busqué, pregunté y rebusqué, sin obtener éxito en lo que toca a desvelar su paradero. Hacer uso de la cartomancia, de la ouija y/o de los servicios de un clarividente me pareció exagerado, así que sólo me restó desear que estuviera en buenas manos, que lo cuidaran y que lo supieran apreciar.

Pero no por ello me di por vencido e inicié su búsqueda por web, torrent y eMule de forma simultánea. Si no podía tener el poemario en su estado físico, abrigaba la esperanza de recuperarlo cuando menos en su estado digital. A los pocos minutos ya estaba en posesión de él gracias a la intermediación del uTorrent, y aquí bien pudiera haber terminado la historia con un final feliz. Es decir, con el reencuentro de dos amantes que se abrazan conmovidos. Sin embargo, la búsqueda web arrojó entre sus datos un sesgo inesperado, también muy feliz, por cierto.

Entre los enlaces que ofrecía, estaba uno que apuntaba hacia un blog que, por su título, no prometía gran cosa en principio; pero, una vez que estuve dentro de ese sitio, no pude menos que recordar el refrán "A la suerte la pintan calva" y congratularme por haber pinchado en el enlace.


Imagen de Marta Guerra

El nombre del blog en cuestión es ¡Qué de cosas! y es administrado por una chica que a la par de atractiva me pareció inteligente y de mucha iniciativa. Se llama Marta Guerra y, junto con Pepi y Ana, elabora y recibe audio-libros, mismos que comparte y pone a disposición de quien los solicite, en ése y en otros blogs, así como indicaciones y herramientas para elaborar tus propios audio-libros, todo ello sin ánimos de lucro. Y aunque el tema de los audio-libros no me es preponderante (quizá haya a quien sí y decida convertirse en contertulio y/o visitante asiduo del lugar), me encontraba de plácemes por la sencilla razón de que también comparte los libros en su versión Word y PDF.


Imagen del Popular Programa de Conversión CALIBRE

Fue así que pude hacerme de la versión digital de algunos libros que, por falta de tiempo, no había podido leer y que aguardan a ser abiertos algún día. Ustedes dirán, "¡Pero si ya los tienes, para qué bajas los PDF?" y la respuesta es muy simple: un libro no se puede meter como tal al iPod, pero un PDF, debidamente procesado y convertido a EPUB sí, y no sólo uno, sino muchos otros, !una biblioteca entera si lo deseas!, con lo cual se acaba el pretexto de no poder leer por falta de tiempo. Gracias a ese artilugio y con toda comodidad se pueden aprovechar los tiempos muertos, y leer mientras aguardo en la fila de un banco, por ejemplo, o durante mis trayectos en metro, o cuando hago antesala, o cuando, disfrutando de un café, espero en el restaurant a la persona con la que tengo cita.

Imagen del lector de libros electrónicos STANZA

¿Que los beneficios de lo anterior tienen su contraparte?, pues sí, ni duda cabe. Los libros no requieren de batería, para empezar. Por otra parte, la comodidad visual no es la misma cuando se lee desde una pantallita (por grandes que sean siempre resultan pequeñas) que cuando se lee desde la fuente misma y, sobre todo, se pierde uno de la oportunidad de hacer nuevas, inesperadas y, en ocasiones, gratificantes amistades. ¿Cómo así?, pues sí, así como lo oyen! (lo leen).

Más de una vez, por no decir muchas, al verme embebido en el libro que me sustrae del mundo que me rodea, y al fijarse tanto en el título como en el autor del mismo, no ha faltado quien interrumpa mi lectura y se explaye con entusiasmo sobre el citado libro, sobre su temática o sobre el autor, al tiempo que me miran con beneplácito por considerar que han encontrado en mí a su alma gemela (en lo que toca a la literatura, aclaro).

Ocurrió así, por ejemplo, mientras hacía antesala en el edificio donde se coordina la investigación en salud a nivel nacional de mi país. Me encontraba totalmente absorto y con la nariz metida entre las hojas de un libro cuando, una hermosa voz femenina, me sacó de la abstracción. Resultó ser una fanática de Carl Sagan y, aquél libro —El Cerebro de Broca—, era uno de sus favoritos.


Imagen de portada del libro El Cerebro de Broca

No es fácil encontrar a una mujer interesada en leer a Carl Sagan (que no esté ligada al mundo de la ciencia, me refiero), como tampoco es fácil que una mujer, además de guapa y poseedora de una hermosa voz se dedique a la investigación (sí, sí, no hace falta que me lo recuerden, todas las mujeres son bellas, se les note o no... caramba!), pero es aún menos fácil que una mujer, guapa e investigadora de la salud, se desentienda por completo de sus múltiples ocupaciones y retrase sus compromisos profesionales por el mero hecho de toparse con un soberano extraño que, como único mérito, sostiene entre sus manos un libro que le resulta conocido a ella.



No lo es, lo digo yo, y también puede decirlo cualquier bibliófilo que tenga por costumbre sacar a pasear sus libros (aunque, pensándolo bien, parece ser que como táctica no resulta tan mala, ¿eh?, y mira por dónde que apenas me voy enterando!).

Lo que inició como una metralla de preguntas a mansalva, al cabo de unos minutos recaló en una agradable charla que, como mínimo, me hizo el día y más agradable la interminable espera. Carl Sagan, ¡eres el mejor!

Como sea, y resumiendo:

Para aquellos que aún no lo han intentado, y para aquellos que ya lo intentaron pero se quejan de que existe muy poca oferta de libros electrónicos en español, ¡Qué de cosas!, y sus blogs hermanos, bien pueden ser el punto de partida para crear o acrecentar vuestra biblioteca digital. Los invito a que realicen la visita de rigor y a que decidan vosotros mismos. Para tal fin, aquí les dejo la dirección de la página del perfil de Marta Guerra, mismo que contiene los vinculos hacia el blog principal, y a otros tantos, donde se presenta y comparte el material que les he mencionado:

Página de perfil de Marta Guerra



Les dejo mis saludos y les deseo felices lecturas.

21 diciembre 2010

De nieblas y brumas


Poema "De nieblas y brumas"
Autor: Javier Reséndiz

Estaciones: Invierno

No sé si me enamoré de ti 
sólo por tener a quien decirle Te amo 
O si tus labios buscaron los míos 
/ por la sedienta ansia 
de tener una boca a la cual besar 
No recuerdo quién de los dos avanzó 
el primer te quiero 
Ni quién de nosotros, al poco de éste 
empezó a intuir el drama de la separación 
Pero a quién le importa 
si lo blanco se vuelve negro 
o si los aires de primavera se transforman 
en brisa otoñal 
En el helado destierro sólo cuenta el espacio vacío 
/ las horas que se desmoronan 
/ las gotas que se vuelven hielo...

01 noviembre 2010

Petatiux Guampire


Cuento "Petatiux Güampire"
Autor: Javier Reséndiz

Las piernas se le aflojaron al sentir la explosión y las consecuentes palpitaciones que irradiaban desde su parte íntima...


Imagen de una chica vampiro

Dicen que la suerte se la fabrica uno mismo. De ser así, el Cardenal creyó haberse fabricado una, y muy buena, al ir en pos de la criatura, después de comprobar que no era sólo un mito. Sabía que iba a enfrentarse con monstruo pero, monstruo o no, ese ser contaba con la facultad de liberarlo y de aplacar sus cómos, sus porqués y sus paraqués.

Hacía años que había descubierto que el férreo celibato, los ayunos, la oración y la penitencia, eran rieles del mismo camino en círculo que no lo llevaban a ninguna parte. Que hacer eso y leer ajados libros —infinitesimales partículas de una visión reducida— resultaba equiparable a dos medias mentiras que se retroalimentan entre ellas hasta inflarse y eregirse en una verdad absoluta, tan hueca y tan frágil como una pompa de jabón.

Por lo tanto, en su mente sólo quedaba espacio para dos conclusiones. La primera era que la verdad permanecía a cubierto: muy lejos de ser alcanzada. Y la segunda, que la religión y los hombres eran un par de ciegos, guiándose el uno al otro, ateniéndose a reglas y a códigos artificiales por aquello del puede ser o por si acaso, y que, como resultado de ello, se rema sin saber hacia dónde se va: si se avanza en una dirección cualquiera o si se quedaba estancado a pesar del desgaste. Ese era un martirio que ya no estaba dispuesto a soportar más.

Salvó la pequeña distancia que había hasta el batiente de lámina oxidada que hacía las veces de puerta y la abrió con suma precaución. La criatura que había venido siguiendo estaba parada detrás de ella, viéndolo de frente, con su oscura silueta recortada por la mortecina luz de la noche...

—¡Estúpido pedazo de mierda! No tienes ningún derecho de suplicarme, ni de exigirme que te enseñe cualquier maldita cosa. ¿De qué me viste la cara? ¿Acaso de maestro o de gurú? Si tuvieras los suficientes cojones ya habrías encontrado por ti mismo lo que tanto buscas y que desde siempre ha estado frente a tu vista. Pero no, no los tienes... porque a pesar de todo eres una polilla que se güarece en la oscuridad de mohosos libros, en lugar de vivir tu existencia al máximo, sin las restricciones moralinas que te autoimpones y que ciegan tus ojos y tu entendimiento.

Dicho esto, lanzó un escupitajo que se estampó sobre la túnica del Cardenal. Se dio la vuelta y se alejó de él, dejándolo arrodillado en el piso y con la cara entre las manos, convulsionándose por el llanto.

En ningún instante sintió la necesidad de voltear y echarle una última mirada. La empatía o la lástima por ese tipo de seres, era algo que había muerto dentro de sí en el momento mismo en que tomó plena consciencia de su Yo, y desde que, gracias a ese conocimiento, su verdadera naturaleza se desveló a sí misma, materializándose a partir de la vieja cáscara que enclaustraba sus facultades y su potencial de acción. En pocas palabras: hace mucho, muchísimo tiempo.

El Cardenal no era el primero ni el último hombre que llegaba hasta él. Resultaban un fastidio, pero un fastidio ameno a final de cuentas. Dejaba que cualquiera que lo quisiese pudiera encontrarlo con facilidad, e incluso había ocasiones en que él mismo los buscaba para confrontarlos; porque le divertía ver sus caras de desolación cuando se burlaba de ellos y de sus patéticos sueños de grandeza.

—¿Qué sería de mí sin estos momentos de diversión? Bien, por el momento ya es suficiente; pues hay otras citas por cumplir. ¿A cuál de ellas asistiré esta vez? —se preguntó, sin intentar contener la sonrisa de sarcasmo que afloró en su boca. Se chupó el dedo índice y lo levantó para que la brisa marcara el rumbo a seguir.

Se apeó del taxi que lo transportó hasta el aeropuerto y, como pago por sus servicios, le extendió al chofer una barra de oro puro:

—Toma buen hombre. Cómprate con esto una cerca nueva, para que no se escapen tus borreguitos en las noches de insomnio –exclamó con cara de seriedad. Cuando vio el gesto de asombro del interpelado, no pudo contener más la risa y se adentró a la terminal aérea entre carcajadas: —¡Ja ja ja ja!

Rebasó a todas las personas que estaban formadas en fila para abordar el avión. Cuando llegó a la altura del hombre al que le correspondía el turno, le arrebató los documentos, dejando que su mano siguiera la trayectoria hacia arriba y permitiendo que su cuerpo la secundara, para poder ejecutar una pirueta en el aire. Cuando hubo completado el doble molinete y tocó piso, realizó una genuflexión, sacó el pecho, extendió la mano izquierda hacia lo alto y, como remate a su espontáneo paso de ballet, con la mano derecha le entregó los papeles a la empleada de la aerolínea.

La señorita los revisó con cuidado y comprobó que, el rostro impreso en la fotografía pegada en el pasaporte, era idéntico al de la persona que tenía enfrente. Se los devolvió y le permitió el paso, obsequiándole con disimulo una coqueta sonrisa. Después de recibirlos y de inclinarse en un teatral acto de agradecimiento, le regresó los documentos a su auténtico dueño, quien había presenciado todo con la boca abierta.

En acto seguido, se dirigió hacia la nave para abordarla, dando saltitos y silbando alegremente —como si los pasillos de mármol fueran en realidad los senderos de un florido bosque—, pasando por los siguientes retenes sin mayor problema que en el primero. Cuando el avión estuvo por encima de la alfombra de nubes y él pudo contemplarlas desde su ventanilla, se puso a reflexionar sobre la naturaleza de su creador:

—No cabe duda de que, a pesar de los años, sigue siendo un niño; de lo contrario ya se habría suicidado y los dinosaurios aún seguirían reinando en este planeta —concluyó, completamente de acuerdo consigo mismo.

Después de exhalar lo que pareció un pequeño suspiro de añoranza, le vino a la mente el recuerdo de las ingenuas intenciones del hombre que dejó moqueando en tierra:

—Pobre diablo... le hubiera sido de más provecho dirigirse a los bosquimanos para que lo invitaran a bailar la danza del eland, o haberse exiliado en lo alto de un monte, llevando consigo una buena ración de hongos y mezcalina —bromeó para sí, y soltó una estentórea carcajada que le cortó la respiración a los demás pasajeros.

La aeronave lo depositó justo al medio día de una ciudad donde reinaba el calor. Al momento de salir de la estación, dejó caer la gabardina en el cubo de basura y momentos después sus pasos lo llevaron hasta un parque donde las francas risas de los chiquillos resonaban por doquier. Echó el tronco, la cabeza y las manos extendidas hacia atrás, para saborear el contacto de los rayos del sol, y enseguida tomó una de las veredas menos transitadas: disfrutando del paisaje, de los aromas y de los colores.

En una de las intesecciones del camino, descubrió sentada en una de las bancas al motivo de su visita en ese lugar. Se trataba de una joven de cabello castaño y bien peinado, quien, a través de las gafas de cristal antirreflejante, leía con avidez los apuntes de un experimento genético que llevaba tiempo desarrollando. El se detuvo, ladeó la cabeza y, por un momento, la contempló con la misma actitud de quien ve a una mascota realizar preciosas monerías.

Giró sobre sí mismo y su atuendo cambió al instante, para estar más acorde con el clima y la situación. Los rasgos de su rostro y de su cuerpo también se transformaron: los hombros se hicieron más anchos y la cadera más estrecha. La ensortijada cabellera se claró y se alisó, cayéndole por debajo de los hombros. Las pestañas se alargaron y los ojos tomaron un suave color azul, mientras que los labios adquirieron un tono más intenso.

Cuando los cambios cesaron, no necesitó de espejos para saber que su nuevo aspecto era el ideal para esa cita. Alzó la mano derecha hasta la altura del pecho y con ella braceó el aire. De inmediato, y de la nada, se formó un pequeño remolino que lanzó por todas partes las hojas de texto que la joven tenía sobre las piernas:

—¿Eh? —exclamó sorprendida por la ráfaga de aire que la golpeó. Hizo a un lado el cabello que quedó alborotado sobre su cara y vio con frustración los apuntes desperdigados por todo el piso. Cuando se inclinó para recuperarlos, su cabeza chocó con la de otra persona que hasta ese momento no estaba dentro de su campo de visión. A causa del golpe cayó de bruces al suelo.

—¿Te encuentras bien? —escuchó decir desde lo alto. Levantó la vista para ver quién le hablaba y se quedó impactada con lo que vio. Se trataba de un joven apuesto y bien vestido, pero no sólo eso. Por imposible que pareciera, su aspecto era idéntico al del muchacho que había creado en la imaginación y con el que fantaseaba por las noches.

—Creo que sobreviviré –aventuró avergonzada y entre sonrojos, sin atinar a decidir si sobarse la cabeza o su adolorido trasero, o si levantarse sin mayores preámbulos.

El extendió ambas manos hacia ella y se las ofreció junto con una sonrisa conciliadora:

—Permíteme ayudarte.

Ella accedió y, cuando sus manos tocaron las suyas, un vértigo la recorrió varias veces por todo el cuerpo, iniciándose en la espina dorsal para terminar retumbando en el vientre. Las piernas se le aflojaron al sentir la explosión y las consecuentes palpitaciones que irradiaban desde su parte íntima.

—¿Qué...! —exclamó, azorada por la repentina e inesperada experiencia.

Los brazos de él la sostuvieron para impedir su caída, y el rostro de ambos quedaron a pocos centímetros uno del otro.

—Gracias. No sé qué me sucedió.

—Pierde cuidado —respondió él, siguiendo el juego de las blancas mentiras—, son cosas que pasan. Quizá estabas tan concentrada en tu estudio que pasaste por alto que también debes comer de vez en cuando. Si es así, es lógico que tu cuerpo se haya debilitado y que te pida a gritos que lo alimentes —argumentó con amabilidad, para darle una vía de escape.

—Sí, puede que tengas razón... —asintió ella aliviada y preguntó: —¿Tú eres...?

—Caín... —adelantó él— puedes llamarme Caín.

18 octubre 2010

El tic tac no es mi enemigo


Poema "El tic tac no es mi enemigo..."
Autor: Javier Reséndiz

Image For Klimt by Tumanova Katerina (Belkina)

..., sino las Moiras, cuando se equivocan de hilo.

¡Calla,calla! 
Ponle fin a esta parodia 
A tu falsa bienvenida 
y a la suavidad con que me tocas 
Deja de fingir que entre nosotros existe un lazo 

Tu sola presencia marchita los almendros 
y tu voz oscurece la claridad del día 
No te necesito, no quiero oírte 
susurrando a mi oído el destino final 
de nuestros labios 

¡Vete! 
¡Calla! 

No corrompas los versos enamorados 
la candidez de las palabras 
la sustancia de los besos 
el rubor de la mirada 
    / la fruición de los abrazos 

Mira bien que soy el múltiplo 
de la suma de cuanto queda 
No confundas con debilidad de espíritu 
a la humildad de mis deseos 
o a la sutileza de mi canto 

¡Vete! 
¡Calla! 

Mi vida va y seguirá su marcha 
deslizándose por precipicios 
escalando montañas 
abriendo veredas 
desplegando su alma 
      / empujando a este barco 

¡Calla entonces, calla! 

No pretendas como tuyo el clamor de los aplausos 
Finaliza tu charada 
Sobre la arena ningún nombre se ha escrito 
No el mío, no aún 
Vete ya, Tánatos. 

Ilustración: Tumanova Katerina (Belkina)
Si quieres conocer más de Tumanova Katerina (Belkina)



Poema publicado originalmente en el blog Todas las ventanas, bajo el seudónimo de "Wlf".

Como las mismas hojas

Poesía súbita "Como las mismas hojas"
Autor: Javier Reséndiz

Estaciones: Otoño

El sol se viste de naranja 
Su color favorito 
¿Por qué no sopla el viento? 
Desde lo alto la flor se desprende 
No hay redes/ y va cayendo... 

13 mayo 2010

De la ficcion a la realidad


Artículo "De la ficción a la realidad"
Autor: Javier Reséndiz

Image Logo de ficticia.com

"Ficticia, ciudad de cuentos e historias. Prohibida la entrada a poetas..."

Aún hoy me pregunto si esa prohibición explícita (aunque nunca puesta en práctica) fue la razón para que mi vela se decidiera a circunnavegar y terminara por recalar en el otro extremo del universo.


Ficticia, ficticia, ay, ficticia... Vuelves a mí, como vuelven los trinos tras el invierno, como vuelve a la mente el recuerdo de la mujer amada, al percibir un aroma parecido a su perfume flotando en la brisa, o como vuelven de golpe el sudor de los sueños trasnochados, la pulcritud de las sábanas intactas, las ilusiones vencidas y los monstruos bajo la cama.

Quizá sea así, porque así deba de ser. No de balde me adentré en sus calles y merodeé por sus callejones, donde las emociones y las pasiones se exaltan al cobijo de la oscuridad, y no de balde mi alma se quedó prendida de sus plazas y avenidas, de sus turistas y de sus habitantes, al punto de quererla mía.

El título de ciudadano ficticiano todavía permanece indeleble bajo mi piel, cual tatuaje grabado a fuego, a menos de un palmo de mi corazón. Probablemente ese sea el motivo por el cual en ocasiones salta de alegría y, en otras, se ve embargado por la nostalgia, a causa de los tiempos idos. Esta es una de esas ocasiones, y ello como resultado del reciente reportaje que escribiera sobre Ficticia Sandra M. Hernández Flores, a quien cariñosamente acostumbro nombrar Sandy.

Sandy es una Licenciada en Comunicaciones que, si bien no se equivocó de vocación, estuvo un poquito falta de tino a la hora de elegir el campo donde desarrollaría sus actividades profesionales (siempre se lo he dicho); pues debido a la tersura de su acento, a la sensual calidez de su voz y a la frescura de su risa, desde el primer instante debió establecerse en la radio y apoderarse de un micrófono para no dejar que se lo arrebataran jamás. Seguro estoy de que, sin importar cuales fueren las notas del día, al escucharlas de su boca resultarían más amables para nuestros oídos y nos crearían menos pesadumbre cuando fueran trágicas. Ni qué decir cuando fueran alegres y nos dejaran rebosantes del optimismo que le imprime a todo lo que ella hace.

Image Sandra M. Hernández Flores

Oriunda del norte del país y orgullosamente mexicana, ha deambulado también por las calles de Ficticia y actualmente colabora como reportera en el diario digital Extra de la Laguna (www.extradelalaguna.com.mx), para el cual realizó el reportaje que les mencioné más arriba y que lleva el título homónimo de "Ficticia, ciudad de cuentos e historias" (pags. 6 y 7).

Para quienes deseen enterarse de su contenido (y posiblemente reconocerse en sus letras), aquí les dejo el enlace para que descarguen la versión PDF del diario digital: Archivo PDF

Y para aquellos quienes la conocen y estén de acuerdo conmigo acerca de que debería estar tras un micrófono, los animo a que se lo hagan saber por medio de sus comentarios o a través de mensajes que pueden escribirle utilizando el formulario de CONTACTO (localizado en la parte superior de esta página), mismos que le haré llegar con todo gusto.

Saludos, y hasta la próxima.

11 enero 2010

Poetas al microfono


Invitación Poetas al micrófono
Autor: Javier Reséndiz



¿Qué es la música, sino un poema susurrado, y qué es la poesía, sino la música conque arrullamos nuestros sueños?


Poesía y Música, la combinación natural por excelencia



Imagen de microfono y radio, localizada en la pagina https://crisei.blogalia.com/historias/54274


"Y ahora, a continuación, cedemos luces y micrófonos a nuestro amigo poeta (nombre del nervioso personaje, quien punto del desmayo espera su turno tras bambalinas), por favor recibámoslo con un fuerte aplauso y dejemos que nos deleite con sus más recientes versos...! ¡Clap, clap clap!"


¿Cuándo fue la última vez que te presentaron así o anunciaron tu nombre de tal manera? ¿O a caso nunca te ha sucedido, a pesar de ser tu sueño?

Conmigo ocurrió hace eones (gracias a la intervención y buenos oficios de Emma Lejarazu, activista y promotora de las artes en todas sus expresiones, que fue quien lanzó la convocatoria y reunió a un nutrido grupo de poetas, escribientes y aventureros de la imaginación, dentro de las locaciones de un museo en ciernes), tantos, que prácticamente ya había olvidado tal evento.

Pero la vida da muchas vueltas y la madre Tierra, por fortuna, no deja de procrear mecenas que velen por aquellas pequeñas grandes cosas que le hacen más llevadero el sufrimiento (¿de qué otro modo podría soportar, con más o menos buena cara, la contaminación, la sobreexplotación y el calentamiento global?).

Uno de estos mecenas encarnados responde al nombre de José Antonio e hizo el favor de ponerse en contacto conmigo para ofrecerle a los interesados, es decir, a cuanto poeta y/o artista independiente con entusiasmo que lea o escuche de la presente convocatoria, los micrófonos y el estrado de su local, para que muestren su quehacer y hagan de su arte un derroche entre la concurrencia y los parroquianos en general:

"Javier Tengo un espacio acondicionado para bar-cafetería y está disponible para poetas y artistas independientes.
El espacio tiene la misión de difundir la buena música (en cualquiera de sus expresiones) así como las artes escritas, visuales, etc. (siempre combinándolas).
En la página hay un correo para que algunos colegas tuyos se pongan en contacto conmigo.
Gracias y seguimos en contacto
José Antonio."

Logo de El Sa-Son Cultural


Cabe destacar que el local de José Antonio se encuentra ubicado en la Ciudad de México y que por ende les resulta más accesible a los defeños y a los residentes de la zona conurbada; pero que ello no obsta para que los demás se sientan excluidos, sobre todo si se encuentran en las inmediaciones por trabajo o turismo.

Todo lo que tienes que hacer es acercarte a la página El Sa-Son Cultural, localizar el vínculo de "Contacto", hacer clic sobre él para enterarte de la dirección del local y utilizar el vínculo de correo que aparece ahí mismo para escribirle a José Antonio e informarte y/o ponerte de acuerdo sobre los pormenores de fechas, horarios y etc.

También puedes clicar sobre el vínculo "Croquis" para desplegar el mapa de localización y que de esa manera te resulte más fácil ubicar el emplazamiento desde tu punto de origen.

Una vez hecho lo anterior, estarás a días, horas e, incluso, a pocos minutos de ser tú quien, con manos sudorosas y con los textos bajo el brazo, permanezcas expectante mientras te anuncian y mencionan tu nombre, invitándote a pasar al estrado... :)

Imagen de lectura, localizada en la página http://lectomania.educared.pe/2008/03/la-compresion-lectora-y-la-mot.html




Feliz Año y la mejor de las suertes.

PD: No olvides practicar tanto tu dicción como tu entonación. Recuerda que no es lo mismo escribir que declamar.